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miércoles, 29 de enero de 2014

Te escribo cada vez que anochece.

 Tan diferentes y tan similares.
Tu mirada cálida, la mía gélida. Tus ojos alegres y amables. Mis ojos tristes y heridos. Reflejabas ternura y confianza. Yo reflejaba dolor y orgullo. Tu eras un mar apaciguado. Y yo era una tempestad. Tu eras de amaneceres con café, días soleados, playa... Yo era de anocheceres con botellas de ron, de polígonos abandonados,días lluviosos, soledad... 
Y qué importaba. Si al decirnos te quiero ambos sentíamos el mismo cosquilleo. Tu lo llamabas mariposas, yo lo llamaba termitas. Que más da. Si al besarnos los dos queríamos más. Tu lo pedías con tu sonrisa, yo lo hacía con mi mirada. Y como era eso, de quedarnos hasta las tantas en la acera de enfrente, besándonos, abrazándonos, contándonos secretos que nunca verían más luz que la de la penumbra y aquella luz tenue de una farola fundida que nos acompañaba. Y por qué preocuparnos. Si nos amábamos, si tu mantenías al margen mis monstruos, mis inseguridades, mis deseos oscuros... Y por qué escribir esto. Porque te echo de menos. ¿Por qué si no? ¿Quién me va a hacer bien ahora que la función cerró su telón? ¿Quién va a mirarme como tu lo hacías? ¿Quién va a marcar mis latidos ahora que no estás? Si vuelves, llévate lo que dejaste. Un vacío enorme. Un vacío en el que si saltaría, me mataría. Pero no puedo. Y duele. 

(Amalia)